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BOLETIN: INVIERNO NUMERO DE 2005

COSAS HERIDAS Y QUEBRADAS

POR: Mary Fontana

Hasta vivir aquí, no he sabido lo mal que las cosas podían llegar a ser—cebollas y uvas y plátanos. Esos plátanos se podían amoldar a lo que nunca consideré. Una banana vieja se volvió negra y se encogió, como una momia; podía ser congelada y revivida más adelante, deslizarse de su piel en un cuenco como una babosa amarilla y resbaladiza, y convertirse en pan de plátano. No había considerado la posibilidad de ver bananas abrigadas en moho, de una piel goteando plátano líquido en el suelo de cemento. Nunca había intentado recoger un pepino sólo para descubrir que mis dedos atravesaban su carne para volver a encontrarse en el medio.

Es lunes por la mañana. Estoy purgando las estanterías de la bodega de frutas y verduras podridas. Vacío cada cajón de piezas de fruta, pieza a pieza en un nuevo cajón y tiro las manzanas podridas y otras cosas en una caja vacía de cartón. Ahí van limas blancas, naranjas suaves como esponjas. Suena la campana.

Voy a ver y es Elsa. Está parada no en la puerta principal sino en la sala, justo al lado del botón y la señal que dice: Por favor, apretar en caso de emergencia. Elsa ha sido una invitada en nuestra casa cerca de una semana. Es gorda en lugares extraños y tiesa en otros, como un pollo. Tiene un pelo largo y espeso. Estaba teñido de rojo, muy malamente, hace unos meses por la forma en que se mira ahora. Quizás su pelo sea la emergencia. Me pide por una aspirina.

“¿Te duele la cabeza?” Pregunto.

“Oh, no. Es para Oscar.”

Oscar es el hombre de Elsa. No es realmente su novio, ni su marido. Han estado juntos por lo menos durante dos meses. Lo sé porque es el tiempo de embarazo que lleva Elsa. Yo le había dado a Oscar una aspirina hace 20 minutos.

“Sí, pero quiere otra. Para más adelante.”

“Entonces supongo que esto no era realmente una emergencia, ¿verdad, Elsa?”

“Oh, Mary. ¡Qué graciosa eres!”

No le doy la aspirina, por una parte porque me preocupa el uso de las drogas, y por otra, desde el punto de vista en donde me encuentro, porque ella ha abusado del privilegio de la campana. Regreso a las verduras podridas.

En la casa conseguimos un cargamento de productos cada pocos días de este genial local familiar de la parte oeste de El Paso. Es una larga conducción, pero no me importa. Eric, el hijo del dueño o quizás su nieto, me ayuda a cargar las cajas en la troca y después me alcanza una gran vaso de Styrofoam de agua de. Esta empresa produce su propio: agua de piña, agua de mango, de melón, limonada.

Conseguimos todos los melocotones golpeados y las papayas que se han abierto para revelarnos sus reservas de semillas brillantes. Todo es algo viejo, se ha pasado un poco, el golpeado, el imperfecto. La empresa no lo puede vender más, así que lo conseguimos—nosotros, la Casa Anunciación, un refugio para emigrantes e indocumentados. La ultima parada para los maleados de cualquier clase.

Tendremos un nuevo cargamento de producto mañana, así que estoy intentando hacer sitio. Sostengo una bolsa de zanahorias. No creo que los cocineros utilicen estos dedos anaranjados y nudosos como de bruja aunque insista, así qué tiro las zanahorias en la caja de cartón. Una nube de pequeñas moscas negras explota saliendo desde dentro.

Elsa me irrita sobremanera. Lavo las manzanas, quito las partes pulposas y golpeadas y las aparto en una bandeja de hornear que hay en la sala para los que deseen picotear algo. Elsa regresa y llama al timbre y pregunta si puede tomar uvas.

“Estoy aquí mismo, Elsa, no necesitas llamar al timbre.”

“¿Así que puedo tomar uvas?”

No, le digo, ahora estamos usando las manzanas.

“¿Así que no hay uvas?”

Presiono mi pulgar en el extremo de mi dedo índice, muy fuerte, que es una manera de concentrar la molestia en un lugar que no es mi voz. Tengo que admitir que sí, hay uvas. Pero ahora estamos consumiendo las manzanas.

Veinte minutos más tarde no he conseguido pensar en una buena razón para negar a Elsa sus uvas, así que pesco algunas de las correntosas cavernas del refrigerador. La mitad de ellas destilan moho de los trozos de piel, así que parecen pequeñas balas de moho sólido con chaquetas púrpuras. Cojo las uvas intactas, las paso bajo el grifo y las coloco al lado de las manzanas. “Uvas, Elsa,” anuncio.

“Quizás más tarde,” dice.

Cuando cruzo la casa para anunciar la cena, ella está fumando en la sala de la lavadora. Ya se lo había advertido con anterioridad—“¡No, Oscar era el que fumaba la última vez!” señala indignante. “¡Pero tú estabas allí!” Farfullo—así que le escribo un aviso en un papelito blanco, firmo mi nombre y hago que ella también lo firme. Le comento, intentando que no me salga un chillido de la boca, que la casa en que vivimos tiene cien años de antigüedad. Que si se forma un incendio nuestras familias serían lo suficientemente afortunadas de sacar sus cuerpos del lugar fuera del carbón.

De nuevo, Elsa piensa que estoy siendo graciosa. Soporto una medialuna en mi dedo índice.

Después de la cena, mientras los huéspedes lavan los cacharros y barren la sala, saco un cartón de leche lleno de mangos de la bodega. Amo los mangos probablemente tanto como amo la paz y la justicia para todos. Estos son Manilas, los pequeños, con sabor a champaña, unos mangos amarillos que se curvan y que se acoplan a la palma de tu mano como pistolas. La temporada alcanzó su clímax hace dos semanas; comimos un poco aquí retrasado con respecto a la cosecha.

Estos mangos están en mala forma. Cuando saco el cartón de la estantería, descubro una piscina de jugo en donde varias cucarachas habían encontrado una muerte dulce y pringosa. Inmediatamente, un nuevo charco comienza a crearse. Es como si los mangos estuvieran llorando.

Cojo una tabla de cortar y un cuchillo del anaquel de los platos. El primer mango que corto está minado de pequeños granitos blancos, como dientes. Qué asco. Lo aparto. El siguiente mango prácticamente se abre solo. Su carne tiene el color golpeado de una nube tormentosa. Coloco cuatro mangos sobre la tabla y hundo el cuchillo en cada uno por turnos. Malo, malo, malo, malo. Sintiendo como si hubiera encontrado solamente carbón en mis calcetines, lo devuelvo al cartón. Voy a tirarlos todos. Recojo el cartón. La campana suena. Ni siquiera miro.

“¿Que es, Elsa?” Chillo hacia la puerta de la oficina. Ella asoma su cabeza. “¿Estás ocupada, Mary?”

“Sí.”

“¿Qué estás haciendo?”

“Cortando mangos,” Respondo, y dejo el cajón de mangos en el suelo y saco otro mango.

“Bien, ¿puedo hablar contigo? Mientras cortas.”

Hay un cierto tipo de silencio mientras abro el mango y saco la semilla. Encuentro algo de fruta buena alrededor de la pipa—no mucho, pero por un trozo vale la pena. Lo rebano.

“Sí, por supuesto,” Contesto al final.

Elsa se sienta en el banco cerca de mí. La madera cruje. Dice en una voz demasiado esbelta para ella:”Necesito un aborto.”

Mi cuchillo golpea el hueso y para allí, sacudido fuera de su curso.

Hay un silencio como el de un largo pasillo de cemento.

Esto es lo que estoy pensando: Elsa me ha pedido dos cosas esta noche, una aspirina y un aborto. Tipos de curaciones. Un arreglo rápido para Oscar y otro para Elsa. O quizás los dos son para Oscar. Digo tranquilamente: “Elsa, ¿por qué necesitas un aborto?”

“Oscar me quiere abandonar. Nos peleamos. No quiere que hable con nadie. Dice que va a saltar a un tren mañana—Denver, Kansas City, ni siquiera me dice con seguridad a dónde.” Descansa su codo en la mesa pegajosa y su frente en su puño. “¿Qué voy a hacer con un bebé?”

Durante todo esto continúo sacando mangos de la caja de desechos. Los corto, con más cuidado esta vez, barriendo en busca de trozos amarillos. Limpio de piel y pipa. Los trozos buenos van al bol. Se resbalan pequeños e inconsecuentes, como láminas de oro en a pan.

Cuando vivía cerca del océano, solía sentarme durante horas viendo como la marea de arremolinaba en forma de agujero en las rocas. Este agujero estaba amortajado de algas. Mejillones azul-negros colgaban de las paredes rocosas y había docenas de anémonas de mar rechonchas y blandas. Era muy difícil reconocerlas, secas como si estuvieran fuera del agua. Mientras la marea subía a través de las invisibles cervices, el agua traía una transformación. La manta de algas salía a flote y se extendían como un abanico verde, de repente delicado—sin peso. Las anémonas ponían tentáculos verde pálido y rosado en la corriente. Al toque del agua salada, todo lo que había estado cerrado florecía.

Así es como el dolor se apodera de Elsa—inexorablemente, rezumando entre las grietas. Está llorando ahora. Su cara sigue siendo la misma de siempre, por supuesto. Es aún la mujer que me ha vuelto loca durante toda la semana—pero mientras la veo llorar, se abre en algo inesperado, inexplicable—no belleza, sino algo cercano. Vislumbro un poquito de lo que lleva. Y ahora pienso: Vete y sácame de quicio, Elsa, vas y me preguntas por uvas cuando he sacado las manzanas. Tienes suficiente en tu plato.

Después de un largo rato, su río de palabras y lágrimas se gasta. Entonces dice: “¿Qué debo hacer?”

Mantengo la respiración antes de responder. ¿Qué es lo que sé? Sé cómo cortar mangos. Mi bol está se está llenando de oro. Finalmente, aunque todo en lo que puedo pensar parece terriblemente inadecuado, le digo: “Elsa. Un aborto—es algo muy grande.”

“¿De veras?”

“No es una decisión que puedas hacer en una noche, o cuando estás deprimida.”

“¿Pero qué alternativas tengo? ¿Qué voy a hacer con un bebé?”

“Tienes alternativas. Por favor, no pienses que el aborto es la única salida. Hay personas que te pueden ayudar con tu embarazo, podrías pensar en adopción…” Esto que sigue es duro para mí decirlo, pero no tanto como lo hubiera sido hace una hora. “Sea lo que sea que escojas hacer, sabes que tienes una casa entre nosotros. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites—para arreglar esto.” Incluso el pensar en Elsa quedándose para siempre, no tengo que presionar mi pulgar en mi dedo esta vez.

Elsa dice, “¿Puedes conseguirme una camiseta?”

“Tienes que pedirla a tu voluntario.”

“¿Puedo comer esos mangos?”

“¡No! Son para todos y, además, es casi la hora de irse a la cama.” Pone mirada malhumorada y digo rápidamente, “Las comeremos mañana en el desayuno.” Las pipas de mango y sus pieles y las partes podridas casi se salen del cubo de basura. No está mal. Más tarde, después de cerrar la casa, guardo los mangos en buen estado en el congelador.

A la mañana siguiente, Elsa me dice que ha decidido no abortar. No sabe lo que hará, pero ya no se siente preocupada. Quizás ella y Oscar se hayan reconciliado. No sé.

Saco el bol de mangos como prometí. Desaparecen como pastelitos calientes. Consigo tomar un trozo para mí. Está tan rico: dulce como la miel y frío. Un pensamiento se congela en mi cabeza. Y pensar que casi tiro toda la caja. ¿Veis? Hay dos lecciones que aprender en conjunto, los golpeados, los magullados. Una lección es darse cuenta de lo mal que pueden llegar a ponerse las cosas. La otra es lo mucho que puede ser salvado.