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BOLETIN: INVIERNO NUMERO DE 2005

TANTO HA CAMBIADO, TANTO ES TODAVIA IGUAL

POR: MEGAN HOPE

Subiendo las escaleras de la lavandería del tercer piso de Casa Anunciación, escucho una balada mejicana familiar que viene de la radio. Pinesol y el detergente de lavadora perfuman el aire, camisetas donadas (algunas de un club júnior de alto espíritu, ahora usadas por hombres pequeños de mediana edad) cuelgan de unas clavijas, una joven madre saca su ropa del lavabo mientras su hija improvisa una forma de infernáculo sobre el suelo de baldosas rojas. De repente, el déjà vu es intenso: ¿está sucediendo hoy o hace nueve años—o cualquier otro día entre medias?

De hecho, mucho de Casa Anunciación continúa como lo dejé en 1996, después de un año como voluntaria aquí y en Casa Vides. Una señal con mi escritura sobre los paraderos de mantas para bebés aún cuelga en el armario de la ropa. La cocina de los voluntarios se mantiene como un santuario de cacharros para el café de mañanas tempranas y de cenas tardías para los huéspedes recién llegados, un lugar donde contar historias a cada rato, de risas y conmiseración. Y las historias de muchos de los inmigrantes latinoamericanos del siglo XXI acercándose a nuestra puerta podrían sacarse de las hojas de entrada de chequeo de hace 10, 15, o 25 años: no pueden conseguir suficiente trabajo en casa, tienen familias que mantener, desean ganar algún dinero en El Paso o continuar más adentro de los Estados Unidos.

No obstante, en las cinco primeras semanas de mi vuelta, también me han chocado cambios remarcables como 1) el declive drástico de la población de cucarachas, gracias a la regular exterminación proveída por un padre simpatizante (u horrorizado) de uno de nuestros voluntarios; 2) la reinstalación completa del sistema eléctrico de nuestro edificio de más de 100 años; 3) la avivada visibilidad de Casa Anunciación en la discusión sobre paz y justicia a lo largo de la frontera—gracias, en parte, al desarrollo de una “comunidad central” enérgica y comprometida de voluntarios que llevan largo tiempo.

A pesar de todo, el cambio del que tristemente más me he percatado es el miedo y la desilusión que se sientan al lado de nuestros huéspedes en la sala de estar. Cuando llegué en 1995, justo un año después del comienzo de la Operación Mantenga la Frontera de la Patrulla Fronteriza, el refuerzo inmigrante aquí estaba sobre todo dirigido en la detención de sin papeles en la frontera antes de que entraran en los Estados Unidos, en vez de contenerlos en El Paso para ser recogidos y retornados o deportados. Como voluntarios escuchamos historias sobre los “viejos tiempos” cuando las furgonetas verde-menta de la Patrulla Fronteriza paseaban por las calles de la ciudad y los estudiantes y profesores del instituto Bowie eran a menudo parados y se les pedía una prueba de documentación legal. Un pleito exitoso contra la Patrulla Fronteriza terminó supuestamente con esta práctica de parar a la gente de manera tan arbitraria, sin suficientes razones para creer que habían entrado en el país recientemente.

Mientras no era nunca fácil el encontrar trabajo, los huéspedes no tenían miedo en dejar la casa y buscarlo; por un tiempo se les pidió incluso que se mantuvieran fuera parte de la mañana y de la tarde, un arreglo que parecía seguro y razonable. No era poco común para los huéspedes el comprar o pedir que alguien les comprara los billetes de autobús o avión. Y, aunque a veces no tenían suerte cruzando los puestos de chequeos de la autopista o de los aeropuertos, sí recibíamos llamadas de teléfonos medio día después donde anunciaban felizmente, “¡lo he conseguido!”

Pero entonces sucedieron los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, perpetrados por personas con visados que no entraron en los Estados Unidos a través de Méjico. Trabajadores indocumentados murieron en la colisión del Centro del Comercio Mundial (World Trade Center) y otros trabajadores indocumentados ayudaron en la limpieza de los restos. El antiguo Servicio de Inmigración y Naturalización (ahora dividido en tres ramas, todas con nombres nuevos) pasó a formar parte del departamento de Seguridad Nacional. La Patrulla Fronteriza comenzó a recibir más dinero para más agentes y más refuerzo, y la presencia de estos se incrementó en El Paso. El 22 de febrero del 2003, uno de ellos disparó y mató a un joven que se alojaba en Casa Anunciación, Juan Patricio Peraza Quijada, unos bloques más allá de nuestra casa. Un voluntario me dijo que fue la primera vez que había visto a nuestros huéspedes—gente que había experimentado desastres económicos, guerras civiles, desintegraciones familiares y peligrosos cruces de la frontera—sentirse realmente con miedo.

Los huéspedes continúan dejando la casa con trepidación en busca del pequeño e inestable trabajo que existe en El Paso. Y con una buena razón. En mi época pasada, alrededor de más de un huésped por semana inesperadamente no volvía a aparecer por la noche. Más tarde nos hacían llegar las noticias de que avisan sido recogidos por la Patrulla Fronteriza y devueltos a Méjico. El salto al tren como un medio de transporte parece el método más común usado entre nuestros huéspedes ahora, tanto como esconderse en camiones que se dirigen a lugares más al interior del país. Cuando los que intentan estos medios no regresan, o no recibimos ninguna feliz llamada, rezamos para que lo hayan conseguido o para que al menos se encuentren a salvo. Los billetes de autobús son arriesgados y los de avión impensables. A veces, en mis discusiones con los huéspedes sobre sus planes, siento que estamos examinando más sus riesgos que sus opciones.

Aun así, para muchos inmigrantes que llegan a nuestras puertas el mayor riesgo es no es intentarlo, el no tomar la oportunidad de que aquí pueden ser capaces de ahorrar un poquito más de dinero, encontrar un trabajo más regular, mandar dinero a los familiares que están enfermos y/o poco o no empleados, o desplazados de las áreas rurales donde solían tener para vivir. La corrupción y las políticas económicas desequilibradas continúan haciendo sangrar a Latinoamérica, necesariamente empujando a la gente a venir y mendigar trozos de un país al que ya a menudo ayudan a mantener. Incluso las opciones sutiles y pequeñas resultan valiosas cuando las alternativas son la enfermedad o el hambre.

De la misma manera, aunque en este tiempo de hiper preocupación por la “seguridad” y poco por las libertades civiles voluntarios y simpatizantes de Casa Anunciación arriesgan ser etiquetados como subversivos o incluso rompedores de la ley, el mayor riesgo sería el rendimiento a un sistema que preserva una opción preferencial por productos y gente con poder. Solía creer que el trabajo de Casa Anunciación, siendo principalmente un “servicio directo”, era necesario pero distinto del trabajo de una justicia de estructura desafiante. Más y más, sin embargo, pienso que cada vez que abrimos nuestra puerta, esto se convierte en un acto de resistencia, enfrentando el Área de Libre Comercio de las Américas (Free Trade Area of the Américas) del gobierno con nuestro propio plan de comida-gratis-para-las-Américas y respondiendo a la Seguridad Nacional con la seguridad ofrecida en cualquier hogar con una humanidad real.

Y así, tan segura como la escena de la lavandería de cualquier día, nuestras casas permanecen como lugares de creación de paz.